A raíz de los movimientos repentinos y espectaculares que hemos observado en los mercados financieros en todo el mundo y que han tomado por sorpresa a muchos inversionistas, queda la pregunta en el aire, ¿ realmente ya hemos asimilado lo que significa la globalización de los mercados ?, y como consecuencia de ello, ¿ estamos preparados para preveer las posibles tendencias en el corto y mediano plazo, y por ende, sacar provecho de las oportunidades que se están presentando ? Todo lo anterior, como bien sabemos, ha sido posible por los avances en las comunidades internacionales acompañadas por las políticas de liberación económica adoptadas por la mayoría de las naciones. Sin embargo, los países desarrollados tienen mayores mayores posibilidades de reaccionar y cuentan con la infraestructura necesaria para enfrentar los movimientos que se registran cotidianamente, pero en el caso de las naciones emergentes, como la nuestra, hemos atestiguado que evidentemente no estamos preparados y, por tanto, no estamos sacando provecho de las circunstancias que se nos presentan. Por un lado hay que subrayar que la apertura comercial que implemento México, y que culminó con la firma del Tratado de Libre Comercio con Norteamérica, fue abrubta y extensa, exponiendo abiertamente a las empresas nacionales a la competencia internacional, la mayoría de las veces con resultados adversos, especialmente para las firmas pequeñas y medianas. La quiebra de innumerables empresas, las reestructuradas organizacionales y la búsqueda desesperada de una mayor productividad condujo a recortes masivos de personal, el cual no ha podido absorberse con los nuevos empleos creados, provocando paralelamente el florecimiento de la economía informal. Así se cae en la incongruencia de que el país necesita crecer para crear empleos y atender la demanda de más de 1.2 millones de jóvenes que se incorporan cada año al mercado laboral, adicionando los que se han perdido, pero por otro lado, las medidas de control monetario y de amplia apertura comercial han impedido hasta ahora materializar la expansión económica buscada que tenga beneficios tangibles en el poder de compra de la gente. Una estrategia real para propulsar al país en la vía del crecimiento consiste en ir enfocando a la economía hacia el desarrollo de un amplio sector exportador, puesto que por eso se firmó el Tratado de Libre Comercio, y no como hasta ahora se ha hecho, ya que sólo se han registrado aumentos en exportaciones por parte de las grandes compañías, las maquiladoras y corporaciones extranjeras que aprovechan el bajo costo de la mano de obra nacional para reubicar líneas de producción, como es el caso de la industria automotriz, pero que en sí son movimientos de mercancías interplantas que se contabilizan como ventas externas. Dentro de este contexto, poco se ha hecho para rescatar y fortalecer la pequeña y mediana empresa, así como hacerla competitiva y orientarla hacia el comercio exterior. Países como Alemania basan en gran parte su fortaleza en un sector muy competitivo de firmas de tamaño medio o pequeño, insertado por completo en la modernidad a traves de políticas encaminadas a convertirlos en proveedores exitosos, ya sea directos o indirectos, en el comercio internacional. En nuestro país el sector de la pequeña empresa, que es gran empleador de mano de obra, está lejos de alcanzar ese nivel de modernidad, puesto que no hay políticas consistentes diseñadas para su consolidación y crecimiento; nada más hay que observar que los créditos no les llegan, el fisco los abruma con requisitos muy complejos, no cuentan con estímulos fiscales, ni tiene cierto grado de protección-que sí se da en otras latitudes como Japón y los países del sudeste asiático- y sufren el asedio constante de inspectores y auditores. Por eso la gran mayoría de estas empresas se encuentran desarticuladas de las cadenas productivas, especialmente aquellas orientadas al comercio exterior. El punto a subrayar no es criticar ni poner en duda al sistema de mercado, ni la estrategia global de apertura y desregulación, sino más bien cuidar, con base a un programa económico de largo plazo, que la pequeña y mediana empresa cuente con una razonable dosis de protección y de un paquete de estímulos, financiamientos baratos y de simplificación administrativa para elevar su competitividad y lograr insertarla en el comercio mundial, ya sea directa o indirectamente. Un capítulo que merece atención especial es el de la inversión extranjera. Para nadie es novedoso que México requiere de grandes flujos de entrada de divisas para financiar desequilibrios en la balanza en cuenta corriente y para complementar, a fin de cuentas, el insuficiente ahorro interno, sin embargo, los recursos que han entrado en volumen de gran tamaño se han concentrado en instrumentos de mercado de dinero o bien en acciones que cotizan en la bolsa de valores, lo que las carateriza por ser muy riesgosas dada su volatilidad, puesto que en cuestión de segundos se desplazan de un mercado a otro. Prueba de los desequilibrios que esos movimientos repentinos pueden provocar lo pudimos atestiguar hace apenas unas semanas con los problemas suscitados en el mercado financiero de Hong Kong y las quiebras de dos instituciones japonesas. Mucho más deseable sería que la inversión extranjera se encauzara preferentemente hacia la constitución de nuevas empresas, desarrollo de nuevos proyectos industriales y comerciales o en la expansión de instalaciones ya operando, pues ello redundaría en un impacto favorable sobre el empleo y en la posibilidad de desarrollar proveedores internos. Sin embargo, para que lo anterior ocurra las autoridades necesitan ofrecer condiciones atractivas para su atracción, donde los bajos costos de mano de obra no representan por sí solos el único factor determinante, ya que otras condicionantes juegan igualmente un rol importante, como lo son la infraestructura existente, incentivos disponibles, estabilidad política y social, seguridad, reglas del juego transparentes, acceso fácil a mercados y/o fuentes de materias primas, entre otros. México ofrece muchas oportunidades tanto por su tamaño de mercado, por su abundancia de recursos, su ubicación geográfica (se han firmado diversos convenios comerciales con países de América Latina), etc., pero el país necesita el diseño y aplicación de un programa pragmático de desarrollo a largo plazo que trascienda los esquemas sexenales. Así, insistimos es primordial que se fomente la fortaleza a la pequeña y mediana empresa. Otra consideración, y aquí tomando la experiencia que han seguido diversas naciones europeas, es básica la atención que se ponga al componente social del desarrollo, puesto que el crecimiento económico tiene que ser congruente con la oferta de servicios asistenciales que satisfagan plenamente las necesidades básicas de la población. Está demostrado a lo largo de varios años que las políticas neoliberales a ultranza han generado dramáticos contrastes socioeconómicos, marginando a un número impresionante de personas y en general afectando negativamente el nivel de vida de amplios sectores. Por tanto, los gobiernos deben de ser moduladores de esas políticas, sin desechar los avances en la correción de desajustes macroeconómicos, pero sí atender de inmediato los problemas sociales que se han desbordado y evitando que los excesos indeseables se propaguen. En la ruta del desarrollo económico no existen recetas ni soluciones mágicas de libro de texto, el intentarlo sería una gran torpeza, pues está de por medio la amplia diversidad de culturas, diferentes circunstancias históricas y aspiraciones sociales con diferentes matices. Así, cada país tiene que encontrar su propia vía, siempre teniendo en mente el progreso general de la sociedad y no el de solo unos cuantos grupos. La ruta es compleja, las opiniones de los expertos son disímbolas, por tanto el consenso es difícil de alcanzar, pero es necesario buscarlo. El avance logrado en la democratización de la nación es notorio y el proceso debe continuar dando espacios de opinión y decisión a los agentes económicos que son los que enfrentan día a día la problemática real de la situación económica actual. No hay solución integral a las necesidades sociales si no se atiende de raíz al rubro educativo, ya que, aunque es ocioso decirlo, las nuevas generaciones tendrán mejores oportunidades de salir adelante, y también para elevar la productividad de nuestra economía. Entonces el gasto a la educación debe incrementarse sensiblemente cada año con respecto al tamaño del producto interno bruto, invirtiendo en infraestructura, preparación de los maestros (rescatando su papel con mejores percepciones), y ampliar la disponibilidad de carreras tecnológicas, pues no necesitamos que todos los jóvenes aspiren a ser licenciados. Paralelamente las empresas deben aumentar sus erogaciones en investigación y desarrollo, mejoras a la productividad y capacitación al personal (es deseable contar aquí con incentivos a las firmas que lo realizen). El tema de la productividad ha sido muy difundido en los últimos años y por consecuencia han surgido conceptos que estando en boga se han intentado aplicar, por ejemplo, los círculos de calidad, calidad total, reingeniería de procesos y mejora continua, entre otros. Muchas compañías empezaron a manejar estos cambios pero de manera superficial, o como se dice coloquialmente "tropicalizados". La caracterización general ha sido que cuentan con una visión de muy corto plazo, lo que desvirtúa su filosofía y por ende se obtienen resultados decepcionantes. Caso especial de lo anterior es el tema de la reingeniería de procesos que a la hora de implementarlo de manera improvisada lo único que se ha logrado es el despido de personal de manera masiva, incrementando la carga de trabajo a la planta de recursos humanos sobreviviente (sin ninguna compensación extra) y provocando así un deterioro grave del clima de trabajo. De inicio parecería que se logra aumentos inmediatos de productividad, pero no tiene sustento en el mediano plazo. Al respecto cabría señalar que mucho más creativo sería tratar de producir más con la planta de personal existente, reacomodándola, y a la cual se le invirtió considerables sumas de dinero en reclutamiento y capacitación, en lugar de intentar producir lo mismo con menos gente. Lo primero implica mayor sacrificio, creatividad y visión, y lo segundo se distingue por tener visión de corto plazo con aparentes resultados inmediatos vendibles a los accionistas. Es común ver como se desmantelan áreas o departamentos completos para que en un futuro inmediato se vuelva a contratar gente nueva sin capacitación para formar otro departamento con actividades similares al original, lo cual a todas luces es absurdo e improductivo. Mucho se puede agregar a estos comentarios pero hasta aquí se ha tocado brevemente temas que conforman el talón de aquiles de nuestro desarrollo. Hay que estar plenamente conscientes que la presión externa de las instituciones de supervisión financiera (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) y de los grandes conglomerados es enorme, presentándose ahí grandes desafíos para nuestras autoridades y en general para los agentes económicos que toman decisiones e influyen directamente en el rumbo que debe tomar el país. La modernidad, la globalización y la competitividad son conceptos positivos, pero se requiere reconocer que cierta dosis de nacionalismo bien entendido es necesario para regular los excesos y velar por las aspiraciones legítimas de nuestra población. Si no lo hacemos nosotros los mexicanos nadie más lo hará, porque las fuerzas externas se mueven respondiendo a su propia dinámica y motivadas por intereses que no necesariamente coinciden con nuestras metas, y en general, con las de los países emergentes. |
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©Arte Todo Digital, Noviembre 1997. |
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